Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¡Tocado! —murmuró el español con apagada voz.
Se apoyó en la pared, dejando caer el acero, abrió mucho los ojos, murmuró algunas palabras y cayó al suelo arrojando sangre a borbotones.
—¡Tú lo has querido! —dijo el hamburgués secando el arma en un tapiz viejo que colgaba de una pared.
—¡Voy en tu ayuda, compadre! —dijo yendo hacia Carmaux.
El capitán hacía frente al filibustero; mas parecía estar bastante fatigado.
Había cambiado de mano la espada para tratar de desconcertar a Carmaux, que, no siendo zurdo, no debía de hallar muy de su gusto aquel cambio.
—¡Ya estoy yo aquí! —dijo Wan Stiller poniéndose en guardia.
—¡No, compadre; no sería leal! —dijo Carmaux—. ¡Déjame a mí despachar solo este negocio!
Oyendo tales palabras, el capitán dio un salto atrás y bajó su espada.
—Os creía un ladrón de mar —dijo— capaz de asesinarme a traición, y me encuentro con que sois un gentilhombre. En vuestro lugar, otro no hubiera rechazado el concurso de un compañero.
—¡El Corsario Negro me enseñó a ser leal! —repuso Carmaux—. ¿Os rendís?