Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¡Mejor hubiera sido quedarse en la fragata! —dijo a Pedro el Picardo—. No hemos ganado nada con el cambio.
—Pero ¿era una criba el casco de esta condenada nave? —dijo el segundo con ira—. ¿O ha habido alguna mano culpable que de nuevo ha agujereado la quilla? Si hubiésemos chocado contra una roca, el golpe se hubiera notado sobre cubierta.
—Sà —dijo Morgan—; aquà se ha cometido una traición. Mientras nuestros hombres trataban de tapar una vÃa, una mano culpable abrÃa otra.
—¿Con qué designio?
—Para impedirnos volver a las Tortugas: la cosa es clara.
—¿Tendrá el Gobernador algún amigo entre los prisioneros de la fragata?
—Puede ser, Pedro —repuso Morgan.
—DebÃais haberlos tirado a todos al mar, como te aconsejé —dijo Pedro.
—La señorita de Ventimiglia no me hubiera perdonado semejante crueldad.
—¡Es verdad! —repuso Pedro con cierto mal humor—. ¿Qué vamos a hacer?
—No nos queda otro recurso que encallar la nave en cualquier banco y luego cerrar las vÃas de agua.
—El mar sube, Morgan, y el viento arrecia.