Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Para dar al velero mayor estabilidad y para aumentar su velocidad, Pedro el Picardo había hecho izar las dos latinas y algún foque en el bauprés.

La costa venezolana no debía ya de estar lejos. Se oía el estruendo formidable de las olas rompiendo en la playa o en las escolleras, y se veía ante la nave una inmensa sábana blanca producida por la espuma.

Morgan llevaba el timón y había rogado a Yolanda que no se alejase de él, para poder socorrerla, ya que no sabía si la nave resistiría el choque, y Carmaux se había unido a ellos, mientras el hamburgués sondeaba el fondo con Pedro el Picardo.

A medida que el velero se acercaba a la costa, los golpes de mar menudeaban. Olas enormes pasaban por encima de las bordas, rompiendo sobre la cubierta y amenazando arrastrar prisioneros y tripulantes.

El estruendo de aquella terrible resaca era tal, que casi no se oían las voces de mando de Morgan y de Pedro el Picardo.

A media noche la costa estaba a trescientos pasos; pero la oscuridad era tan densa, que no podía distinguirse si había algún refugio o escolleras que evitar.

—¿Adónde iremos? —se preguntaba Carmaux, que tenía asida la mano a Yolanda—. ¿Nos hundiremos antes de llegar, o nos estrellaremos contra las escolleras?

El temor de que la nave se hundiese no era injustificado.


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