Yolanda, la hija del Corsario Negro

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La vía o vías abiertas por el traidor debían de haberse ensanchado con el empuje del agua, porque el velero, en menos de media hora, habíase sumergido un par de metros, y el agua entraba ya por las troneras de las baterías, aunque Morgan las había hecho cerrar para retrasar la inmersión.

En la estiba se oía mugir el agua cada vez que la nave cabeceaba bajo el embate de las olas.

Temiendo que los prisioneros fuesen alcanzados, Morgan los había hecho subir en unión del conde de Medina, que estaba a proa, confiado a Wan Stiller, a fin de que la joven, que iba a popa, no le viese.

A las doce y cuarto la nave estaba entre la resaca, que se dejaba sentir fuertemente. Corrientes y contracorrientes se mezclaban confusamente en derredor del pobre barco, que era lanzado de un lado a otro; Morgan seguía al timón, haciendo prodigiosos esfuerzos por mantener la ruta.

Aquel intrépido hombre de mar, aunque no ignorase que la toldilla podía desaparecer bajo sus pies, conservaba una calma admirable, dictando órdenes con voz tranquila y vibrante.

Solo sus miradas revelaban profunda emoción cuando se fijaban en Yolanda, aunque la joven no mostrase ninguna ansiedad ni temor.

—No os preocupéis por mí, señor Morgan —le había dicho—. Este naufragio no me asusta.


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