Yolanda, la hija del Corsario Negro

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CAPĂŤTULO XX

LA ACOMETIDA DE LOS OYACULÉS

Habían llegado a la orilla de un vasto golfo, el cual se adentraba tanto en la costa que estaba cubierto por bosques, y entre las olas, rompiendo contra los acantilados, los náufragos habían visto una gran cantidad de desechos.

Entre la espuma de las olas se balanceaban pedazos del forro y de la cubierta, cajas y barriles que ruidosamente se empujaban unos a otros, destrozándose.

Algunas enormes vigas, quizá arrancadas de parte de la proa o popa del casco, habían encallado entre los manglares, ahí permanecían secas en medio de las ramas retorcidas de esas plantas, por causa de la marea baja.

Si bien los restos eran abundantes, no se veĂ­a absolutamente ningĂşn hombre. La playa, hacia donde se dirigĂ­an sus miradas, estaba desierta e incluso en el agua no se podĂ­a ver ninguna persona muerta, algo inexplicable, dado el gran nĂşmero de personas que se encontraban a bordo del velero cuando las olas y el viento lo empujaron contra los escollos de la orilla.

—¡Es posible que todos se ahogaran! —exclamó Morgan con voz alterada—. Sin embargo, había entre nuestros hombres nadadores con talento, que no tenían miedo de las olas. ¿Qué dices, Carmaux?

—¿Pertenecerán a nuestra nave estos despojos? —preguntó a su vez el marinero.


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