Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro LA ACOMETIDA DE LOS OYACULÉS
HabĂan llegado a la orilla de un vasto golfo, el cual se adentraba tanto en la costa que estaba cubierto por bosques, y entre las olas, rompiendo contra los acantilados, los náufragos habĂan visto una gran cantidad de desechos.
Entre la espuma de las olas se balanceaban pedazos del forro y de la cubierta, cajas y barriles que ruidosamente se empujaban unos a otros, destrozándose.
Algunas enormes vigas, quizá arrancadas de parte de la proa o popa del casco, habĂan encallado entre los manglares, ahĂ permanecĂan secas en medio de las ramas retorcidas de esas plantas, por causa de la marea baja.
Si bien los restos eran abundantes, no se veĂa absolutamente ningĂşn hombre. La playa, hacia donde se dirigĂan sus miradas, estaba desierta e incluso en el agua no se podĂa ver ninguna persona muerta, algo inexplicable, dado el gran nĂşmero de personas que se encontraban a bordo del velero cuando las olas y el viento lo empujaron contra los escollos de la orilla.
—¡Es posible que todos se ahogaran! —exclamĂł Morgan con voz alterada—. Sin embargo, habĂa entre nuestros hombres nadadores con talento, que no tenĂan miedo de las olas. ÂżQuĂ© dices, Carmaux?
—¿Pertenecerán a nuestra nave estos despojos? —preguntó a su vez el marinero.