Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —No. Tan solo mi casaca ha sido reducida a muy mal estado. Tuve tiempo de coger la espada y tener a raya a la fiera.
—¿Os sorprendió?
—SÃ; mientras reavivaba el fuego —dijo Morgan.
—¿Volverá?
—Creo que no le quedarán deseos. Pero vos, señorita, ¿de dónde venÃs? ¡Exponeros asÃ, de noche y sola por estos bosques infestados de peligrosos animales!… DebÃais haber esperado la salida del sol.
—¿Y dejaros solo toda la noche? Ya veis que he llegado en buen momento.
—SÃ, señorita, y de nuevo os lo agradezco. Acaso os debo la vida. ¡Cuánto valor en una mujer tan joven!
—¿No soy la hija del Corsario Negro? —dijo sonriendo Yolanda.
—Es cierto; pero os repito que ninguna otra mujer, sobre todo en vuestra edad hubiera tenido tanto valor.
—Callad, señor Morgan, y decidme: ¿cómo va la herida?
—Comienza a cicatrizarse.
—¿Habréis padecido hambre y sed?
—Me inquietaba demasiado vuestra ausencia para sentirlo.