Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro LA FLOTA DE LOS FILIBUSTEROS
A las ocho de la mañana la chalupa pasaba volando el estrecho formado por la punta oriental de la isla de Zapara y la costa de Capatarida, entrando en el golfo de Maracaibo.
A pesar de que los dos filibusteros habían encontrado dos grandes carabelas de guerra, y hasta un galeón, nadie los había molestado ni preguntado quiénes eran ni adónde iban.
Las redes que llevaban a lo largo de las bordas debían de haber hecho suponer a los españoles que fuesen tranquilos pescadores, y por eso no se habían cuidado de detenerlos.
Apenas llegados fuera del estrecho, Carmaux y Wan Stiller pusieron la proa al Este, manteniéndose algo alejados de la costa, ya que por allí abundaban las hondonadas, de las cuales surgían en buen número villorrios de caribes.
Por aquellos lugares se veía flotar muchísimos grandes cestos, entre los cuales nadaban y revoloteaban anitras y gallinas de mar, sin manifestar ningún temor por aquellos flotadores.
—Dime, Carmaux —dijo Wan Stiller—, ¿para qué sirven todos esos cestos? ¿Sabes?
—Para coger las aves marinas, querido hamburgués.
—¿Bromeas?