Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Los hombres de a bordo no se habÃan movido. Además, no tenÃan chalupas; solo se veÃa colgada de una grúa una muy pequeña, apenas capaz para tres o cuatro personas.
Cuando desapareció el sol hicieron de nuevo tronar los cañones para llamar a los hombres de tierra, y encendieron los dos fanales de popa.
—¡Este es el momento! —dijo Morgan—. Ve a buscar a los compañeros y tráelos aquà en seguida.
—¿Dejo centinelas con los prisioneros?
—Bastan cuatro —repuso Morgan—. ¡Date prisa, Pedro! ¡Estoy impaciente por apoderarme de la nave!
El lugarteniente partió a la carrera. Un cuarto de hora después los corsarios se encontraban reunidos en la playa.
—Pedro —dijo Morgan—, tú que hablas mejor que nosotros el español, da la voz a los de a bordo.
El lugarteniente gritó:
—¡Ohé, camaradas!
Desde la corbeta se oyó responder:
—¿Sois vosotros?
—¡SÃ!
—¿Todos?
—¡Todos!
—Embarcad y volved a bordo. ¿Y los salvajes?
—Han huido.
—¡Bien! ¡A bordo!