Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¡El plantador! —exclamó Pedro—. ¿Por qué motivo habrá salido del carbé de los caribes?
Morgan habÃa palidecido. PresentÃa una desgracia.
—¡Subid; subid pronto, don Rafael! —gritó.
El plantador, redondo como un tonel y pesado como un pequeño hipopótamo, subÃa a toda prisa empujado por Carmaux.
—¡Señor Morgan! —gritó anheloso—. ¡Han… han… robado… los… bandidos!…
—¿A quién? —gritó el filibustero.
—¡El… conde… nos ha sorprendido…, y se ha llevado… a la señorita de Ventimiglia!…
Morgan habÃa lanzado un aullido de bestia herida, retrocediendo dos pasos con la mano puesta en el corazón.
Aquel hombre, de ordinario tan tranquilo y frÃo, estaba en aquel momento transfigurado por tan intenso dolor, que sus hombres, enterados de la noticia traÃda por don Rafael, estaban profundamente conmovidos.
—¡Oigámosle! —dijo Pedro—. ¡Explicaos mejor, don Rafael!
El plantador narró lo mejor que pudo cuanto habÃa ocurrido en el carbé del caribe después de su partida, y refirió el coloquio que habÃa oÃdo entre el conde de Medina, el capitán Valera y la señorita de Ventimiglia.