Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —Sin embargo, me siento capaz de llevar a buen fin la expedición, que harÃa más temida a la filibusterÃa —dijo Morgan.
—En las Tortugas no faltan hombres audaces dispuestos a todo, y hoy dÃa tenemos bastantes naves en nuestra isla.
—Que me den mil corsarios, y yo los llevaré a ver a la reina del Océano PacÃfico, y les daré millones y millones de piastras.
—Mejor serÃa para nosotros coger al conde antes de que desembarcase en el istmo —dijo Pedro—. Si se pudiera saber qué ruta lleva, serÃa una gran cosa.
—¿Cómo?
—¿Adónde supones que haya ido con la señorita de Ventimiglia?
—La habrá llevado al puerto más próximo.
—A Cumana, entonces. Si pudiésemos enviar a alguien allÃ…
—¿A quién?
—A cualquiera de los nuestros.
—¡No es mala idea! No nos faltan valientes. ¡Ah!
—¿Qué quieres?
—Don Rafael puede servirnos.
—¿Quieres mandarle a él? ¡No volverá!
—No solo —dijo Morgan—. Aunque ese buen hombre parece haberme tomado afecto, no me fÃo.