Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—¿No me comprometerán vuestros hombres?

—No os causarán ninguna molestia, y os dejarán libre en cuanto los hayáis llevado a casa del notario. ¿Aceptáis?

—Haré lo que queráis —dijo el plantador.

—Seguidme al cuadro; y tú, Pedro, prepáralo todo para que con el alba podamos zarpar sin pérdida de tiempo.

Mientras iba a bajar al cuadro con el español, Carmaux y Wan Stiller se acercaron a Pedro, que se preparaba a mandar una chalupa a tierra para recoger a los centinelas de los prisioneros.

—¿Nos vamos, señor Pedro? —preguntó Carmaux—. ¿Es cierto que vamos a Panamá?

—Eso parece —repuso el filibustero.

—¡Bueno! —dijo Carmaux—. Confiemos en retorcer el pescuezo al conde esta vez. ¡Amigo Stiller, vamos a dormir!

Pero en vez de retirarse a la cámara común se escondieron bajo el castillo de proa, que estaba lleno de rollos de cuerdas y de velas, y de un cubo sacaron dos polvorientas botellas, que miraron amorosamente.


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