Yolanda, la hija del Corsario Negro

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CAPÍTULO XXXII

UNA FIESTA QUE TERMINA MAL

Apenas puesto el sol, una docena de embarcaciones, tripuladas por los oficiales de la guarnición y los notables del pueblo, abordaban la corbeta para dar escolta de honor a la tripulación.

Pedro el Picardo, queriendo mostrarse sensible a aquella demostración de simpatía hacia su gente, y no teniendo por otra parte nada que temer, eligió a sesenta marineros, estimando suficientes los veinte restantes para la guardia de la nave. Por precaución dio orden de que todo el mundo llevara la espada y las pistolas.

El alcalde había subido a bordo seguido por una docena de barqueros provistos de cestas repletas de tortillas y botellas destinadas a los que habían de quedarse en la corbeta.

—Os esperamos, señor capitán —dijo inclinándose—. Todas las jóvenes del pueblo están impacientes por bailar con los valientes marineros de la gloriosa marina española.

—Encontrarán fuertes bailarines —repuso el corsario, que estaba de buen humor—. Mis hombres darán buena prueba de la elasticidad de sus piernas.


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