Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Las chalupas de la corbeta, iluminadas con antorchas y fanales, ya habían sido botadas al agua. Los sesenta corsarios, que se habían engalanado con sus mejores trajes, a una orden del contramaestre tomaron sitio, y la pequeña flota se dirigió hacia el muelle, lleno de gente que aplaudía calurosamente a los jóvenes de la escuadra.
Todos los corsarios, que no desconfiaban de nada, estaban muy alegres y entusiasmados por aquella acogida, a la cual no estaban acostumbrados en las colonias españolas, en las que en vez de aplaudirlos los recibían con plomo y granadas. Solo Carmaux, contra su costumbre, renegaba preocupado.
—¡Ah, compadre! —dijo el hamburgués, que iba a su lado, y a quien la perspectiva de vaciar buen número de botellas a cuenta de los españoles ponía risueño—. ¿Qué mascas? ¿Tabaco, o palabras?
—¡No sé por qué, compadre hamburgués, esta noche tengo presentimientos tristes!
—Que esta mañana, cuando te bebías el jerez del vasco, no tenías. Créeme, Carmaux, es la falta de alcohol lo que te hace pesimista. Cuando tengas dentro un par de botellas, reconquistarás tu buen humor. Y, además, ¿qué temes? Somos muchos y nadie sospecha que no seamos marineros españoles.
—¡Ojalá me equivoque! —repuso Carmaux.