Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro La fiesta había sido dispuesta en el palacio del Gobierno, maciza construcción de dos pisos, que con sus sólidos enrejados en las ventanas y su puerta laminada de hierro podía servir de fortaleza.
Las amplias salas habían sido espléndidamente iluminadas y estaban llenas de burgueses, oficiales y mujeres jóvenes, casi todas bellas y ricamente ataviadas.
Los corsarios, acogidos con vivas de entusiasmo a los acordes de media docena de guitarras, se dispersaron por las salas, en las que otros guitarristas entonaban ya el bolero y el fandango, bailes muy en boga en aquella época.
Carmaux y Wan Stiller, que preferían las botellas a aquella endiablada gimnasia, se metieron en un ángulo del salón, en el cual había mesas provistas de variados vinos de España.
—Dejemos que se diviertan los jóvenes —había dicho Carmaux.
—Nosotros abramos los ojos, y bebamos a la salud de esas bellas jóvenes —añadió el hamburgués apoderándose de un frasco.
La fiesta prometía ser brillantísima. Recién llegados entraban a cada instante, y jóvenes burgueses, oficiales y soldados rivalizaban en finezas para con los corsarios.