Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —Moriz, que tiene ahora el mando de la nave, no debe de ignorarlo, y se llegará en seguida allà para ver si han arribado las naves. Si las encuentra, este cerco no será largo.
—¿Y si no hubiesen llegado?
—Entonces, querido hamburgués, nos veremos obligados a correr varios puntos a nuestros cinturones para apretarnos el estómago.
—¡No hay vÃveres!
—No hay más que botellas.
—¡Nos contentaremos con eso!
—Vámonos de aquà antes de que nos disparen. Con solo nuestras pistolas haremos muy poco si comienzan el fuego.
—¿Oyes?
—SÃ; los cañonazos son más escasos. La corbeta debe de haberse hecho a la mar.
—Al menos, esos se salvarán.
—Confiemos en que nosotros también, compadre.
Iban a retirarse, cuando vieron encenderse en la plaza algunos haces de leña y avanzar un oficial que llevaba en la punta de la espada un banderÃn. Un corneta le seguÃa.
—¡Un parlamentario! —dijo Carmaux.
Oyendo el primer toque, Pedro el Picardo se lanzó a la ventana ocupada por Carmaux y Wan Stiller.