Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—¡Ah! ¡El plantador! ¡Agradable encuentro! ¿Cómo estáis, señor Rafael?

Sintiendo aflojar el brazo que le oprimía, el desgraciado plantador dio dos pasos atrás, repitiendo con voz desconsolada:

—¡Muerto soy! ¡Muerto soy!

—¡Realmente es manía la que tenéis de creer siempre que estáis muerto! —dijo Carmaux, que no dejaba de reír—. ¡Sin embargo, a mí me parece que estaréis a fuerza de salud!

—¡Bah! —exclamó en aquel momento Wan Stiller, que se había levantado—. ¿Qué veo? ¿El plantador? ¡Buena presa, Carmaux!

Mudo de terror, don Rafael miraba a uno y a otro mesándose los cabellos.

—Hamburgués —dijo Carmaux—, haz una excursión a la taberna y trata de encontrar alguna de aquellas deliciosas botellas de Alicante. Este pobre señor necesita un buen vaso de vino. ¿No es así, don Rafael? Os aseguro que os sentaría admirablemente y contribuiría a disipar vuestro miedo. ¡Vamos, por cien mil delfines! ¡No os caigáis!

—¡No me matéis! —suplicó el plantador.

—¡Nadie piensa en eso, don Rafael! Pues qué, ¿nos tomáis por bandidos?

—¡Sois filibusteros!

—Sí; gente honrada.


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