Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro La sala estaba vacÃa, pero en completo desorden. La mesa en que reñÃan los gallos yacÃa con las patas por lo alto, las mesitas habÃan sido amontonadas junto a las paredes, y taburetes, vasos y botellas hallábanse esparcidos por el suelo.
ParecÃa que antes de huir, el propietario no habÃa querido destrozar cuanto no podÃa llevarse.
—¡Con tal que esté intacta la bodega! —dijo Carmaux—. ¿Es asÃ, hamburgués?
—¡Verdadero Alicante! —contestó Wan Stiller paladeándolo como inteligente—. ¡Es del mismo que bebimos la noche de la riña de gallos! Cuida de que no vengan otros a bebérselo, porque no he encontrado más que estas botellas. ¡Ese imbécil tabernero ha inutilizado casi todas sus existencias! ¡Necio! ¡PodÃa habérselas bebido si no querÃa dejárnoslas!
Llenó un vaso, encontrado intacto por milagro, y se lo ofreció al plantador diciéndole:
—¡Elixir de larga vida, señor español! Es de aquel… ¿Os acordáis?
Don Rafael, que sentÃa flaquear sus piernas, lo vació de un trago, y murmuró las gracias.
—¡Otro! —dijo Carmaux, mientras el hamburgués se llevaba a los labios una de las cuatro botellas.
—¿Queréis embriagarme por segunda vez para después ahorcarme? —preguntó don Rafael.