Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—Don Rafael, hablad pronto o doy orden a Wan Stiller de que vaya a colgar otra cuerda en una de las horcas de la Plaza Mayor. ¡Y os advierto que no acostumbro a bromear! ¿De qué sangre habláis?

—¿Tendréis paciencia para escucharme?

Iba a contestar Carmaux, cuando algunos disparos sonaron en la plaza y varias personas pasaron corriendo frente a la taberna.

Cinco o seis filibusteros, que empuñaban arcabuces aún humeantes, viendo la muestra del Toro se lanzaron a la taberna, gritando:

—¡Una bodega! ¡Hurra! ¡Vaciemos los pellejos!

Carmaux se lanzó con el arcabuz en la mano, gritando:

—¡Atrás, camaradas!

—¡Vaya! —exclamó uno de aquellos corsarios—. ¡Los dos inseparables! ¿Queréis bebéroslo todo? ¡Satanás! ¡El español que ha hecho ahorcar a nuestros compañeros! ¡Quemadle vivo!

—¡Es nuestro prisionero! —gritó Carmaux.

—¡Aunque lo fuera del diablo yo no me voy sin abrirle un agujero en te tripa! —dijo otro corsario—. ¡Fuera, camarada! ¡Ese hombre pertenece a la justicia de los Hermanos de la Costa!

El pobre don Rafael, que estaba blanco de terror, se había refugiado detrás de la mesa y trataba de encogerse cuanto podía.


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