Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¡Ah! ¡Ese buen señor se ha largado! —exclamó Wan Stiller con voz irónica.
—Con sus oficiales y en buenos caballos —repuso el plantador—. A estas horas debe estar ya muy lejos, y tendrÃais mucho que correr para alcanzarle.
—¿Y no iba con él la hija del Corsario Negro?
—No.
—¡Don Rafael! —gritó Carmaux dando un puñetazo formidable sobre la mesa—. ¡Mirad que os jugáis la vida!
—Ya lo sé, y por lo mismo no he de engañaros.
—Entonces, ¿está aquà todavÃa?
—Tengo la más completa seguridad.
—¿La habrá matado? —preguntó Carmaux palideciendo.
—No creo que el Gobernador haya tenido el valor de mancharse las manos con su propia sangre.
—¿Qué decÃs? —preguntaron a la vez los dos filibusteros.
El plantador se mordió los labios como arrepentido de haber dejado escapar tales palabras, y encogiéndose de hombros, dijo:
—¡Yo no he jurado guardar el secreto! Además, mi vida está en vuestras manos y tengo el derecho de defenderla lo mejor posible.
Carmaux bebió un sorbo de Alicante y, cruzando los brazos y clavando la mirada en el plantador, dijo: