La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero nuestra fe es muy diferente. La corrupción del cuerpo, que agrava el alma, no es la causa del primer pecado, sino su castigo; la carne corruptible no hizo pecadora al alma, sino que el alma pecadora es la que hizo a la carne corruptible. Y aunque existen, procedentes de la carne, ciertos incentivos de los vicios, y aun los deseos viciosos, no deben atribuirse, sin embargo, a la carne todos los vicios de una vida inicua, no sea que vayamos a eximir de todos ellos al diablo, que no tiene carne. Cierto que no se puede atribuir al diablo la fornicación ni la embriaguez, ni cualquier otro mal que tenga relación con los placeres de la carne, aunque sea fomentador e instigador oculto de tales pecados; pero sí tiene en grado sumo la soberbia y la envidia. Y de tal modo se enseñoreó de él esa perversidad, que por ella fue destinado al suplicio eterno en las mazmorras de este aire caliginoso.