La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Lo que han llamado los griegos εὐπάθεια (disfrute, buena vida) y Cicerón en latín constantiæ (permanencias) las reducen los estoicos a tres, en lugar de las tres perturbaciones del ánimo del sabio, poniendo la voluntad en lugar del deseo, el gozo por la alegría y la cautela por el temor. En cuanto a la pesadumbre o dolor, que nosotros, para evitar la ambigüedad, hemos preferido llamar tristeza, niegan que pueda existir en el ánimo del sabio. Dicen, en efecto, que la voluntad apetece el bien, practicado por el sabio; el gozo tiene por objeto el bien conseguido, que obtiene el sabio en todas partes; la cautela evita el mal, que debe evitar el sabio. En cambio, la tristeza, cuyo objeto es el mal que ya sucedió, y piensan que ningún mal puede ocurrir al sabio, opinan que nada de esto puede haber en el ánimo del sabio.
Éste es su pensamiento: sólo el sabio quiere, goza, tiene cautela; sólo el necio puede apetecer, alegrarse, temer y entristecerse. Aquellos tres afectos son las permanencias; estos cuatro, las perturbaciones, según Cicerón, y pasiones según otros muchos. Aquellas tres en griego, como ya dije, reciben el nombre de εὐπάθειαι, y las otras cuatro el de πάθη.