La Ciudad de Dios

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2. Sin embargo, no se debe exigir siempre esa propiedad a nuestro lenguaje, aunque a veces haya que hacer uso de ella. Y cuando leemos los autores a cuya autoridad no hay posibilidad de

oponerse, respetemos esa propiedad donde el sentido recto no encuentre otra salida. Así son estos

pasajes que como muestra hemos mencionado, unos de los profetas y otros del Evangelio.

¿Quién ignora, en efecto, que los impíos se sienten transportados de alegría? Y, sin embargo, no hay gozo para los impíos, dice el Señor. ¿Por qué, sino porque la palabra «gozo» tiene otro sentido cuando se toma en el propio y estricto? Y por la misma razón, ¿quién puede negar que no es justo el mandato, dado a los hombres, de que hagan ellos a los demás lo que quieren que éstos les hagan, a fin de que no se deleiten mutuamente con la torpeza del placer ilícito? Y, con todo, así reza el saludable y verdadero precepto: Todo lo que querríais hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos. Y ¿por qué esto, sino porque en este lugar se ha puesto de una manera propia la voluntad, que no puede usarse en el mal sentido?


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