La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios No menos entre los autores profanos se estila tal indiferenciación en el uso de estas palabras. Dice el brillante orador Cicerón: «Deseo, senadores, mostrarme clemente». Aunque usa esta palabra «deseo» en el buen sentido, ¿hay alguno tan ignorante que no afirme que debió decir «quiero» y no «deseo»? También en Terencio un adolescente vicioso, ardiendo en desenfrenada lujuria, dice: «No quiero otra cosa que a Filomena». Que esa voluntad era libidinosa nos lo pone de manifiesto la respuesta de un esclavo suyo más anciano; le dice así: «Cuánto mejor sería que intentaras apartar de tu ánimo este amor que excitar inútilmente tu pasión con estas palabras». Y que estos autores usaron también el gozo en el mal sentido nos lo testifica el verso virgiliano que tan concisamente resume estas cuatro perturbaciones: «Por eso temen y desean, se lamentan y se gozan». También cita el mismo autor «los gozos perversos del espíritu».