La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. Si estos movimientos, si estos afectos buenos, que proceden del amor y de la caridad santa, han de ser llamados vicios, tendremos que admitir que los verdaderos vicios reciben el nombre de virtudes. Pero si esos afectos siguen la recta razón, cuando están puestos en su fin, ¿quién osará llamarlos entonces enfermedades o pasiones viciosas? Por ello, aun el mismo Señor, que se dignó llevar vida humana en forma de siervo, pero sin tener pecado alguno, usó de ellas cuando lo juzgó oportuno. Porque no era falso el afecto humano de quien tenía verdadero cuerpo y verdadero espíritu de hombre. No es, pues, falso lo que se cuenta de Él en el Evangelio: que sintió tristeza e ira por la dureza de corazón de los judíos67, y añadió: Me alegro por vosotros, para que tengáis fe68. Y lo mismo que lloró cuando iba a resucitar a Lázaro69, que deseó comer la Pascua con sus discípulos70, que sintió tristeza en su alma al acercarse la Pasión71. Él, por gracia y designio suyo, aceptó cuando quiso estos movimientos en su espíritu humano, como cuando quiso, se hizo hombre.