La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 4. Tenemos, por consiguiente, que admitir que nuestros afectos, aun siendo rectos y, según Dios quiere, son propios de esta vida, no de la futura que esperamos, y a ellos contra nuestra voluntad cedemos todavía con frecuencia. Así, a las veces, aun sin querer, lloramos, aunque no movidos por culpable apetencia, sino por laudable caridad. Los tenemos por la debilidad de la condición humana; no así el Señor Jesús, dueño hasta de su debilidad. Mientras somos portadores de la debilidad de esta vida, si no tenemos ninguno de ellos, bien se puede decir que no vivimos rectamente. Pues censuraba el Apóstol y detestaba a algunos que dijo estaban sin afecto72. También se lo echó en cara el salmista a aquellos de quienes dice: Espero compasión, y no la hay73. Carecer en absoluto de dolor mientras vivimos en este lugar de miseria, como pensó y expresó alguno de los literatos de este siglo, no sucede sino a costa de un gran precio: la inhumanidad en el espíritu y la insensibilidad en el cuerpo.