La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Despreció el hombre el mandato de Dios, que lo había creado, lo había hecho a su imagen y le había encomendado los restantes animales; le había colocado en el Paraíso y suministrado abundancia de todas las cosas y de salud; le había impuesto también preceptos, no muchos, ni grandes, ni difíciles, añadiendo uno brevísimo y ligerísimo con que garantizar una saludable obediencia: por él recordaba a la criatura -a quien tan bien cuadraba una libre servidumbre- que él era el Señor. Siguió a esto una justa condenación. De tal calidad que el hombre que, cumpliendo el mandato, había de ser espiritual incluso en la carne, quedaba convertido en carnal incluso en el espíritu; y como se había complacido en sí mismo con su soberbia, fuera entregado a sí mismo por la justicia de Dios. No precisamente para ser dueño de sí mismo, sino para que, en desacuerdo consigo mismo, arrastrara subyugado a aquel con quien estuvo de acuerdo al pecar, una esclavitud dura y miserable en lugar de la libertad que había apetecido; muerto voluntariamente en el espíritu, condenado a morir involuntariamente en el cuerpo; desertor de la vida eterna, condenado también con la muerte eterna si no había gracia que lo librara.