La Ciudad de Dios

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2. En fin, para decirlo en pocas palabras, ¿cuál fue la pena de este pecado sino la desobediencia a la desobediencia? ¿Qué otra es la miseria del hombre sino la desobediencia de él contra sí mismo, de suerte que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede? En el Paraíso, aunque no lo podía todo antes del pecado, tampoco se le antojaba lo que no podía. Así estaba en su poder todo lo que quería. En cambio, ahora, como lo conocemos en su linaje, y lo atestigua la divina Escritura, el hombre es igual que un soplo101. ¿Quién podrá contar cuántas cosas quiere que no puede, al no obedecerse él a sí mismo, a su voluntad, a su misma alma, incluso a su carne, que le es inferior? Contra su misma voluntad se le turba tantas veces el ánimo, le duele la carne, envejece y muere, y sufrimos tantas cosas que no sufriríamos a la fuerza si nuestra naturaleza obedeciera a nuestra voluntad de todas las formas y en todas sus partes. La carne padece también algo que no la deja obedecer. ¿Qué interesa el por qué mientras nuestra carne, que había estado sujeta por la justicia del Dios dominador, a quien no quisimos servir sumisos, nos es enojosa al no sernos obediente? Nosotros, desobedeciendo a Dios, podremos ser molestos a nosotros mismos, no a Él. No necesita Él ciertamente de nuestro servicio como necesitamos nosotros del servicio del cuerpo; por eso es castigo nuestro lo que recibimos, no castigo suyo lo que hicimos.


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