La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

[El pecado y las pasiones]

CAPÍTULO I

Por la desobediencia del primer hombre, si la gracia de Dios no librara a muchos, llegarían todos a la perpetuidad de la segunda muerte

Dijimos ya en los libros anteriores cómo Dios quiso formar a la Humanidad a partir de un solo hombre. Pretendió no sólo unir a los hombres por la semejanza de la naturaleza, sino también estrecharlos con el vínculo de la paz en unanimidad concorde por vínculos de consanguinidad. También tenía determinado que ese linaje no moriría en cada uno de sus miembros si los dos primeros, creados el uno de la nada y el otro del primero, no se hubiesen hecho acreedores a la muerte por la desobediencia. Tan grave fue el pecado cometido, que la naturaleza humana quedó deteriorada y transmitió a la vez a sus sucesores la esclavitud del pecado y la necesidad de la muerte.



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