La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Este patriarca no tuvo otra esposa ni concubina alguna, sino que se dio por satisfecho con la posteridad de los dos mellizos nacidos de un solo acto. Temió también por la hermosura de su esposa habitando entre los extranjeros, y como su padre, la llamó hermana, callando que era esposa: en realidad era pariente suya por lÃnea paterna y materna. También ella fue respetada por los extranjeros, aun conociendo que era su esposa. No debemos, sin embargo, anteponerlo a su padre por el hecho de no haber tenido otra mujer que su esposa. Eran, sin duda, más excelentes los méritos de la fe y obediencia paternas, y por éste dice el Señor que le otorga los bienes que le otorga. Serán bendecidos en tu nombre todos los pueblos de la tierra, porque Abrahán me obedeció y guardó mis preceptos, mandatos, normas y leyes. Y también en otro oráculo dice: Yo soy el Dios de Abrahán, tu padre; no temas, que estoy contigo; te bendeciré y haré crecer tu descendencia en atención a Abrahán, mi siervo101. Por este pasaje podemos entender con qué castidad procedió Abrahán en aquello precisamente que los impúdicos, buscando una excusa para su maldad en las Escrituras santas, le achacan como fruto de su pasión. Asà como también hemos de aprender a no comparar a los hombres entre sà por sus acciones en particular, sino que hemos de considerar en cada uno el conjunto. Puede ocurrir, en efecto, que uno aventaje a otro en alguna cualidad de su conducta, y esa cualidad sea mucho más excelente que otra en la que le supera este segundo. Y asÃ, aunque bien consideradas las cosas, la continencia se prefiere al matrimonio, es mejor un cristiano casado que un infiel continente. Y no sólo no merece alabanza el hombre infiel, sino que es sumamente reprobable. Supongamos dos igualmente buenos; por supuesto que, aun asÃ, es más digno el casado fidelÃsimo y obedientÃsimo a Dios que el continente, pero con menos fe y menos obediencia. Ahora bien, si en lo demás son iguales, ¿quién dudará en anteponer el continente al casado?