La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Si atendemos al pueblo cristiano, en el que vive como forastera en la tierra la ciudad de Dios, y buscamos el nacimiento de Cristo según la carne en la descendencia de Abrahán (dando de mano a los hijos de las concubinas), nos encontramos con Isaac; si lo buscamos en Isaac, dejando a Esaú, llamado también Edom, tenemos a Jacob, por otro nombre Israel; y si lo buscamos en la descendencia del mismo Israel, pasando por alto a los demás, nos encontramos con Judá, puesto que de la tribu de Judá nació Cristo. Por esta razón escuchemos cómo Israel, a punto ya de morir en Egipto, dijo proféticamente a Judá, al bendecir a sus hijos: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu madre. Judá es un león agazapado: has vuelto de hacer presa, hijo mÃo; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus rodillas hasta que le traigan tributo y le rindan homenaje los pueblos. Ata su burro a una viña, las crÃas a un majuelo; lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. Sus ojos son más oscuros que vino, y sus dientes más blancos que leche114.