La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Muerto Moisés, gobernó al pueblo Jesús Nave, lo introdujo en la tierra de la promesa, y se la distribuyó al pueblo. Guerras llenas de éxitos asombrosos llevaron a cabo estos dos admirables jefes, dando Dios testimonio de que esas victorias, más que a los méritos del pueblo hebreo, eran debidas a los pecados de las naciones vencidas.
A estos caudillos los sucedieron los jueces, asentado ya el pueblo en la tierra de promisión. Con ello comenzaba a cumplírsele a Abrahán la primera promesa de un solo pueblo, es decir, el hebreo, y de la tierra de Canaán. No, por cierto, la promesa de todos los pueblos y de toda la Tierra: esto sólo lo cumpliría la venida de Cristo en la carne, y no por la observancia de la ley antigua, sino por la fe del Evangelio. De lo cual es un símbolo que no introdujo al pueblo en la tierra de promisión Moisés precisamente, que había recibido la ley para el pueblo en el monte Sinaí, sino Jesús, quien hasta se le había dado ese nombre por mandato de Dios. Ya en tiempo de los jueces, según prevalecían los pecados del pueblo o la misericordia de Dios, así alternaban las victorias y las derrotas en las guerras.