La Ciudad de Dios

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1. Me parece ya tiempo de poner en claro qué le prometió Dios a David, sucesor de Saúl en el reino, en cuyo cambio fue figura de aquel otro cambio final con el que se relaciona todo lo dicho y escrito por Dios y que pertenece al tema que nos ocupa. Habiéndole sucedido prósperamente muchas empresas al rey David, pensó levantar un templo a Dios, el templo tan excelente y famoso que fue construido más tarde por su hijo Salomón. Estando él en este pensamiento, dirigió el Señor la palabra al profeta Natán para que la transmitiera al rey. Le dijo que no sería David el que edificaría la casa, y que no había Él mandado en tan largo tiempo a nadie de su pueblo que le edificara una casa de cedro. Después le dijo: Di esto a mi siervo David: Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para ser jefe de mi pueblo, Israel. Yo he estado contigo en todas las empresas; he aniquilado a todos tus enemigos; te haré famoso como a los más famosos de la tierra; daré un lugar a mi pueblo, Israel; lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, sin que vuelvan a humillarlo los malvados como antaño, cuando nombré jueces en mi pueblo, Israel; te daré paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino. Él edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes, como suelen los hombres; pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre57.


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