La Ciudad de Dios

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Pero me parece más apropiado el sentido que propuse, ya que esta expresión: Acuérdate, Señor, de las afrentas de tu siervo, no se adapta bien a los enemigos de Cristo, a quienes se echa en cara que Cristo les haya dejado a ellos pasándose a las naciones; en efecto, no deben llamarse siervos de Dios tales judíos. En cambio, corresponden estas palabras a quienes, soportando graves humillaciones de persecuciones por el nombre de Cristo, pudieron recordar que había sido prometido a la descendencia de David un reino excelso, y, llevados del deseo del mismo, es decir, no desesperando, sino pidiendo, buscando, llamando: ¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia, que por tu fidelidad juraste a David? Acuérdate, Señor, de la afrenta de tu siervo: lo que tengo que aguantar de las naciones; esto es, lo que soporté con paciencia en mi interior; de cómo afrentan, Señor, tus enemigos, de cómo afrentan las huellas de tu Ungido; no juzgándolas, en cambio, sino como anonadamiento. Y ¿qué quiere decir Acuérdate, Señor, sino compadécete, y por mi humillación soportada con tal paciencia, devuélveme la altura que prometiste a David con juramento en tu fidelidad?





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