La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Si atribuimos estas palabras a los judíos, sólo pudieron decir tales cosas aquellos siervos de Dios que, después de tomada la Jerusalén terrena, antes de venir Jesucristo en su humanidad, fueron conducidos a la cautividad, comprendiendo el cambio de Cristo, es decir, que no se había de esperar por él la felicidad terrena y carnal, como se manifestó en los breves años del rey Salomón, sino que se había de esperar con fidelidad la celestial y espiritual. E ignorando esta felicidad la infidelidad de las naciones, cuando se regocijaba e insultaba al pueblo de Dios por su cautividad, ¿qué otra cosa sino el cambio de Cristo les reprochaba, aunque sin darse cuenta, a los que lo sabían?
Por esto lo que sigue, la conclusión del salmo: Bendito el Señor por siempre. ¡Amén! ¡Amén!77, se apropia convenientemente a todo el pueblo de Dios que pertenece a la Jerusalén celestial, ya en los que estaban ocultos en el Antiguo Testamento, antes de revelarse el Nuevo, ya en los que, después de revelarse el Nuevo, se ve claramente que pertenecen a Cristo. Porque la bendición del Señor en la descendencia de David no apareció para sólo algún tiempo, como en los días de Salomón, sino que debe esperarse para siempre; y en esa esperanza certísima se dice: ¡Amén! ¡Amén!La repetición de esta palabra señala la confirmación de la esperanza.