La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios ¿Quién, por tardo que sea de entendimiento, oyendo hablar a Dios, cuyo trono es eterno, no reconoce aquà a Cristo, a quien predicamos y en quien creemos, y este mismo Cristo ungido por Dios a la manera que Él unge, no con crisma visible, sino con espiritual e inteligible? ¿Quién hay tan ignorante en esta religión, o tan sordo frente a su fama tan difundida, que desconozca que ha sido llamado Cristo por el crisma, esto es, por la unción? Pero una vez reconocido Cristo como rey, el que se ha sometido al que es rey de verdad, de mansedumbre y de justicia, que investigue según sus disponibilidades todo lo que aquà se dice metafóricamente: cómo es el más bello de los hombres, con una hermosura tanto más amable y admirable, cuanto menos corporal; cuál es su espada, cuáles son sus flechas, y todo lo demás que se ha expuesto no propia, sino metafóricamente.