La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Su enemiga es la ciudad del diablo, Babilonia, que significa «confusión». De esta Babilonia, sin embargo, se libra esta reina por la regeneración en todos los pueblos, y pasa así del peor al mejor de los reyes, esto es, del diablo pasa a Cristo. Por eso se le dice: Olvida tu pueblo y la casa paterna. De esa ciudad impía son una parcela los israelitas por sola la carne, no por la fe; enemigos también ellos de este gran rey y de esta reina. Pues habiendo venido a ellos Cristo y siendo muerto por ellos, se pasó a otros que no había visto en la carne. De ahí que en la profecía de cierto salmo dice ese rey nuestro: Me libraste de las contiendas de mi pueblo, me hiciste cabeza de naciones, un pueblo extraño fue mi vasallo; me escuchaban y me obedecían90. Éste es el pueblo de los gentiles, a quien no conoció Cristo con presencia corporal, y que creyó en Cristo cuando le fue anunciado, de suerte que justamente se dice de él: Me escuchaban y me obedecían91; porque la fe viene del oído. Este pueblo -digo-, agregado a los verdaderos israelitas, según la carne y la fe, es el que forma la ciudad de Dios, que dio a luz también a Cristo cuando existía sólo en aquellos israelitas. De los cuales procedía la Virgen María, en cuyo seno tomó carne Cristo para hacerse hombre.