La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En el libro del Eclesiástico se anuncia con estas palabras la fe futura de los gentiles: Sálvanos, Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones; amenaza con tu mano al pueblo extranjero para que sienta tu poder. Como les mostraste tu santidad al castigarnos, muéstranos asà tu gloria castigándolos a ellos, para que sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de Ti110. En Cristo vemos cumplida esta profecÃa bajo forma de deseo y de plegaria. Cierto, no tiene tanta fuerza frente a los contradictores por no estar en el canon de los judÃos.
2. En cambio, en los otros tres -que consta son de Salomón y que tienen por canónicos también los judÃos-, se hace preciso un debate laborioso para demostrar que pertenecen a Cristo y a la Iglesia las cosas que sobre esto se dicen allÃ; y esto nos harÃa extendernos más de lo conveniente si nos entretenemos en ello. Sin embargo, lo que dicen los impÃos, que nos trae el libro de los Proverbios, no es tan oscuro que no se entienda fácilmente, sin una trabajosa exposición de Cristo y de la Iglesia, que es posesión suya; dice asÃ: Escondamos injustamente en la tierra al varón justo; nos lo tragaremos vivo, como el abismo. Borremos su memoria de la tierra; obtendremos magnÃficas riquezas111. Algo semejante nos muestra el mismo Señor Jesús en la parábola evangélica que dijeron los malos colonos: Éste es el heredero: venga, lo matamos y nos quedamos con su herencia112.