La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Era ya Nino el segundo rey de los asirios al suceder a su padre Belo, primer rey de aquel reino, cuando nació Abrahán en tierra de los caldeos. Existía también entonces el reino de los sicionios, aunque diminuto; por él empezó, como para darle antigüedad, el doctísimo Marco Varrón su Historia del pueblo romano. Partiendo de estos reyes sicionios llegó a los atenienses, de los cuales pasó a los latinos, y de éstos a los romanos; aunque en verdad son insignificantes estos detalles antes de la fundación de Roma si se comparan con el Imperio de los asirios. Si bien es verdad que el historiador romano Salustio confiesa que se destacaron muchísimo los atenienses en Grecia, hay que reconocer que tuvo más parte la fama que la realidad. Dice así: «Las gestas de los atenienses, en mi opinión, fueron grandes y magníficas; pero no tan excelentes como las propala su fama. Con todo, como florecieron allí escritores de gran talento, por toda la Tierra pasan los hechos de los atenienses como los más célebres. Y así se pondera tanto la calidad de los que los realizaron, cuanto la pudieron ensalzar con sus palabras sus ilustres ingenios». Se le añade, además, a esta nación la excelsa gloria derivada de la literatura y la filosofía, que tan alto nivel alcanzaron.