La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por lo que se refiere al Imperio, no hubo en los primeros tiempos ninguno que alcanzara la extensión y el poderÃo de los asirios. Se dice, de hecho, que el rey Nino sometió hasta los lÃmites de Libia toda Asia, que se cita como la tercera parte del mundo y como la mitad de todo él por su extensión. Sólo le quedaron por dominar en Oriente los indos, a los cuales, después de su muerte, hizo la guerra su esposa SemÃramis. Asà que cuantos pueblos y reyes habÃa en aquellas tierras hubieron de someterse al regio dominio de los asirios y estar sujetos a sus mandatos.
Nació, pues, Abrahán en este reino en medio de caldeos en tiempo de Nino. Pero la historia griega nos es mucho más conocida que la de los asirios, y quienes trataron de investigar la raza del pueblo romano en sus primitivos orÃgenes fueron siguiendo la serie de los tiempos a través de los griegos hasta los latinos y luego hasta los romanos, que son también latinos. Por ello tendremos que citar, cuando sea preciso, a los reyes asirios, a fin de que aparezca cómo Babilonia, como un anticipo de Roma, va caminando con la ciudad de Dios peregrina en este mundo. Ahora bien, los hechos o alusiones que sea preciso insertar en esta obra para comparar las dos ciudades, la terrena y la celestial, será bueno tomarlos de los griegos y latinos, en los cuales aparece Roma como una segunda Babilonia.