La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Después de la muerte de Jesús Nave comenzó en el pueblo de Dios el gobierno de los jueces, en cuyo tiempo se sucedieron alternativamente entre ellos la humillación de los trabajos por sus pecados y la prosperidad de los consuelos debida a la misericordia de Dios. En este tiempo se forjaron una serie de fábulas: la de Triptólemo, que, transportado por orden de Ceres por dos serpientes aladas, llevó en su vuelo el trigo a las tierras necesitadas; la del Minotauro, bestia encerrada en el laberinto, donde el hombre que entraba por sus intrincados recovecos no podía dar con la salida; la de los Centauros, naturaleza conjunta de caballos y de hombres; la de Cerbero, can de los infiernos con tres cabezas; la de Frixo y Hele, su hermana, volando montados sobre un carnero; la de Gorgona, con serpientes por cabellera, que convertía en piedras a cuantos la miraban; la de Belerofonte, llevado en alado caballo, que recibió el nombre de caballo Pegaso; la de Anfión, que ablandaba y atraía las piedras con la suavidad de su cítara; la del ingenioso Dédalo y su hijo Ícaro, que se ajustaron alas y volaron; la de Edipo, que hizo precipitarse y perecer al monstruo llamado Esfinge, cuadrúpedo con rostro humano, habiendo resuelto la cuestión que solía aquélla proponer como insoluble; la de Anteo, a quien mató Hércules; era Anteo hijo de la tierra, y cuando caía en ella, se levantaba más fuerte. En fin, quedarán todavía otras que quizá haya pasado por alto.