La Ciudad de Dios

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Hasta la guerra de Troya, con la que termina Varrón su segundo libro sobre el origen del pueblo romano, con ocasión de las historias que contienen hechos reales, compuso el ingenio estas fábulas con tal maestría que no han significado ningún desdoro para las divinidades. En cambio, existen otras ficciones, como aquella en que se representa a Júpiter arrebatando al hermoso joven Ganimedes para cometer un estupro -crimen del rey Tántalo que la fábula atribuye a Júpiter-, o la otra en que solicitó el coito con Dánae mediante la lluvia de oro, en que se entiende la corrupción del pudor femenino por este metal. Estas fábulas o tuvieron lugar o fueron compuestas en aquellos tiempos, o fueron realizadas por ciertas personas y luego atribuidas a Júpiter. Uno no es capaz de pensar qué maldad suponen en el corazón de los hombres, al juzgarlo capaz de tolerar semejantes mentiras, que, sin embargo, aceptaron con agrado; no obstante, cuanta mayor devoción profesaron a Júpiter, con tanta mayor severidad debieron castigar a quienes osaron atribuirle tales dislates.

Ahora bien, no sólo no se irritaron contra los que hicieron esto, antes bien temieron irritar a los mismos dioses si no se llevaban a las tablas tales representaciones.



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