La Ciudad de Dios

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El Lacio, después de Eneas, a quien había hecho dios, tuvo once reyes, ninguno de los cuales alcanzó este honor. En cambio, Aventino, que sigue a Eneas en el duodécimo lugar, fue derrotado en la guerra y sepultado en el monte todavía hoy designado con ese nombre; luego se le añadió al número de esos dioses que ellos se hacían. Cierto que otros no permitieron la versión escrita de que había sido muerto en el combate, sino que dijeron simplemente que había desaparecido; y que el tal monte no fue llamado Aventino por el nombre de él, sino por la llegada (adventu) de las aves. Después de éste a ningún otro se le hizo dios en el Lacio, a excepción de Rómulo, fundador de Roma. Entre el uno y el otro se encuentran dos reyes, el primero de los cuales, para servirnos del verso virgiliano, es «Procas, prez de la nación troyana».

En su tiempo, mientras se iba gestando ya el alumbramiento de Roma, el soberano de todos los reinos, el de los asirios, llegó al término de duración tan prolongada. Fue traspasado, en efecto, al reino de los Medos casi a los mil trescientos cinco años, contando el tiempo de Belo, padre de Nino, que fue el primer rey allí, contento con aquel primer insignificante Imperio.



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