La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. En cambio, aquella nación, aquel pueblo, aquella ciudad, aquel Estado, aquellos israelitas a quienes fueron confiadas las palabras de Dios, jamás admitieron con igual tolerancia a los seudoprofetas y a los profetas verdaderos; antes eran reconocidos y mantenidos como autores veraces de las sagradas letras los que estaban concordes entre sà y sin disentir en nada. Para ellos eran sus filósofos, esto es, amantes de la sabidurÃa, sus sabios, sus teólogos, sus profetas, sus doctores en la honradez y en la piedad. Cuantos vivieron y se sintieron a tono con sus enseñanzas sintieron y vivieron no según los hombres, sino según Dios, que habló por boca de ellos.