La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Uno de los Ptolomeos, rey de Egipto, tuvo interés en conocer y poseer estas sagradas letras. Tras la muerte de Alejandro de Macedonia, por sobrenombre el Grande, que había sometido bajo su magnífico y poco duradero poderío a toda el Asia, y a casi todo el orbe, en parte con la fuerza de las armas, en parte por el terror, habiendo invadido y obtenido también entre los demás pueblos de Oriente la Judea; a su muerte, sus generales habían disipado más bien que dividido aquel inmenso reino que no podían poseer pacíficamente entre sí, y dispuestos a devastarlo todo con sus guerras, empezaron los reyes Ptolomeos a reinar en Egipto. El primero de ellos, hijo de Lago, llevó de Judea muchos cautivos a Egipto.
Sucediendo a éste otro Ptolomeo, llamado Filadelfo, permitió que volvieran libres todos los que aquél había llevado cautivos; más aún, envió obsequios regios al templo de Dios y solicitó del sacerdote Eleazar le diera las Escrituras, que seguramente por la fama que tenían había oído eran divinas, por lo cual había deseado tenerlas en la celebérrima biblioteca que había creado. Se las envió dicho pontífice en hebreo, y luego pidió que le enviase traductores. Se le dieron setenta y dos, seis de cada una de las doce tribus, muy peritos en ambas lenguas, hebrea y griega. Prevaleció la costumbre de llamar a esta traducción versión de los Setenta.