La Ciudad de Dios

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Se cuenta que hubo en las palabras de ellos un acuerdo tan admirable, tan asombroso y plenamente divino, habiéndose dedicado por separado a esta obra (así le plugo a Ptolomeo probar su fidelidad), que ninguno discrepó del otro en palabra alguna que no tuvieran el mismo significado y el mismo valor, o en el orden de las mismas palabras; antes bien, como si fuera un solo traductor, era una sola cosa lo que habían interpretado todos; porque, en realidad, era uno sólo el Espíritu en todos. Y habían recibido de Dios un don admirable, a fin de que incluso con esto quedara reforzada la autoridad de aquellas Escrituras, no como humanas, sino, como eran en verdad, divinas, y así fuera útil esa autoridad a los gentiles que andando el tiempo habían de creer en ellas, como lo vemos ya comprobado.

CAPÍTULO XLIII

Autoridad de los setenta intérpretes, que, salvando el honor del estilo hebreo, debe ser preferida a todos los traductores

Hubo también otros que tradujeron las palabras divinas del hebreo al griego: tales fueron Aquila, Símaco y Teodoción. Existe, además, otra versión, de autor desconocido, y por no tener nombre de traductor, se la llama «quinta edición». Sin embargo, la Iglesia recibió ésta de los Setenta como si fuera la única, y de ella se sirven los griegos cristianos, la mayor parte de los cuales ignoran si existe otra.


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