La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios De esta versión de los Setenta se trasladó al latín el texto que usan las Iglesias latinas. Aunque en nuestros días el presbítero Jerónimo, hombre tan sabio y perito en las tres lenguas, tradujo las mismas Escrituras al latín, no del griego, sino del hebreo. Los judíos, si bien confiesan que su esfuerzo literario es veraz, pretenden que los setenta intérpretes se equivocaron en muchas cosas. Sin embargo, las Iglesias de Cristo piensan no debe anteponerse nadie a la autoridad de estos varones, elegidos entonces por el pontífice Eleazar para obra de tal calibre. En realidad, aunque no hubiera aparecido entre ellos un solo Espíritu, divino sin duda, sino que los setenta sabios hubieran confrontado entre sí como hombres las palabras de su versión, quedando lo que hubieran acordado todos, no debió anteponérseles a ellos la obra de uno en particular. Ahora bien, habiendo aparecido entre ellos un signo tan manifiesto de la divinidad, ciertamente cualquier otro traductor veraz de aquellas Escrituras del hebreo a otra lengua, o está de acuerdo con aquellos setenta intérpretes, o si no parece estar de acuerdo, debe pensarse que en ella hay un profundo misterio profético.