La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En efecto, el Espíritu que había en los profetas cuando escribieron aquellas cosas era el mismo que existía también en los setenta varones al traducirlas. Bien pudo ese Espíritu con autoridad divina decir otra cosa, como si aquel profeta hubiera dicho ambos extremos, porque los dos los decía el mismo Espíritu; y pudo decir esto mismo de otra manera, de suerte que, si no las mismas palabras, sí al menos apareciera el mismo sentido a los que lo entendían bien; como pudo también pasar algo por alto y añadir algo; así se demostraría también por esto que no había en aquella obra una esclavitud humana que sujetaba al intérprete a las palabras, sino más bien un poder divino que llenaba y regía la mente del intérprete.