La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Efectivamente, no mucho después se vio subyugado el pueblo con la venida de Alejandro. Y aunque no hubo devastación alguna, porque no se atrevieron a oponérsele y con su fácil sumisión aplacaron al vencedor, no fue, sin embargo, tan grande la gloria de esta casa como lo había sido en la libre potestad de sus reyes. Cierto que Alejandro inmoló víctimas en el templo de Dios; pero no para darle culto convertido con verdadera piedad, sino pensando en su impía fatuidad, que debía ser adorado junto con los dioses falsos.
Después Ptolomeo, el hijo de Lago, como recordé arriba, a la muerte de Alejandro llevó cautivos los judíos a Egipto, devolviéndolos su sucesor Ptolomeo Filadelfo con toda generosidad. A éste se debió lo que acabo de contar: la versión de las Escrituras por los Setenta. Luego se vieron quebrantados por las guerras que nos cuentan los libros de los Macabeos. Después de éstas fueron llevados cautivos por el rey de Alejandría Ptolomeo, llamado Epífanes; inmediatamente se vieron constreñidos con muchas e inauditas crueldades por Antíoco, rey de Siria, a dar culto a los ídolos, y hasta el mismo templo se vio mancillado con las sacrílegas supersticiones de los gentiles. Fue Judas Macabeo, el esforzado paladín de los judíos, quien lo purificó de esa contaminación idolátrica después de expulsar a los generales de Antíoco.