La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Para entonces, Roma había sometido ya África y Grecia, y ejerciendo un amplio imperio sobre otras partes del orbe, como si no pudiera soportarse a sí misma, se había, en cierto modo, resquebrajado con el peso de su poder. Había llegado a profundas sediciones internas, pasando luego a las guerras sociales y más tarde a las civiles; y a tal grado de quebrantamiento y debilidad llegó, que se vio inminente la transformación del régimen en monarquía. Pompeyo, el príncipe más ilustre entonces entre los romanos, entrando en son de guerra en Judea, tomó la ciudad, abrió el templo, no por religiosa piedad, sino por el derecho del vencedor, y se llegó al Santo de los Santos, adonde sólo se permitía la entrada al sumo sacerdote, no en plan de veneración, sino más bien de profanación. Confirmó a Hircano en el pontificado, e impuso como guardián de la nación sometida a Antípatro, con el nombre de procurador, como entonces los llamaban; a Aristóbulo lo llevó consigo encadenado. Desde entonces comenzaron los judíos a pagar tributo a los romanos. Después, Casio llegó hasta a saquear el templo. Y a continuación, al cabo de pocos años, merecieron tener como rey al extranjero Herodes, en cuyo tiempo nació Cristo.