La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios ¡Oh mentes de hombres sabios! ¡Oh ingenios eruditos capaces de creer semejantes patrañas de Cristo! Vosotros, que no queréis creer en Cristo, puesto que su discÃpulo Pedro, según vosotros, no aprendió de Él las artes mágicas, sino que, siendo inocente, fue como su hechicero, y con sus artes mágicas, con sus trabajos y sus peligros -finalmente hasta con el derramamiento de su sangre-, prefirió fuera amado el nombre de Aquél más que el suyo. Si Pedro consiguió con sus artes mágicas que el mundo amara de esta manera a Cristo, ¿qué hizo el inocente Cristo para que asà llegara a amarlo Pedro? Contéstense a sà mismos, pues, si pueden; comprendan que aquella gracia suprema fue la que consiguió que el mundo amara a Cristo por la vida eterna, y que esa gracia hizo que Pedro lo amara por la vida eterna, que habÃa de recibir de Él hasta soportar por Él la muerte temporal.